Apareció un viernes por la noche con cara de mucha prisa y mucho estrés.
-Sientate, que te pongo algo, que me agobia solo verte, caramba.-
-Ay, es que vengo atacada, de verdad, atacada de la vida vengo.- Me contestó con ese tono de voz agudo que suele acompañar alguna de las historias divertidísimas que siempre le pasan a ella. Se sentó en la barra y le puse una caña.- Vengo del Alcampo, y he descubierto que esos sitios han sido fabricados para hacerla sentir a una fatal.-
-Cuenta.-
-Pues nada, tenía que ir a comprar unos altavoces para el ordenador, y entré con toda la disposición de no dejarme engañar por las técnicas de marketing, por lo que cogí una cestita pequeña (nada de carritos, que nos conocemos), para encontrar mis altavoces y largarme de allí. Pero claro, me dije a mi misma, casi que ya que estoy aqui me compro algo para comer este fin de semana. Cuando ya me empezaba a pesar bastante la mierda de cesta que llevaba, me empecé a enfadar, porque deambular por estos sitios es la perdición, y me tenía que ir en autobús a casa, y a mi alrededor todo eran parejas enamoradísimas con unos carros enormes llenos de todo lo que a mi me hacía falta, con unos chicos grandes con brazos fuertes, guapos y listos, y con las llaves del coche en la mano. Y allí estaba yo, en medio de tanto amor y tanto vehículo autopropulsado, con mi cesta a rebosar de horchata de chufa y de yogures y de mis altavoces nuevos, que ya de por si pesaban un huevo.-
Mis risas escandalosas la interrumpieron y me miró con ojos acusadores. Gus salió del almacén.
-¡Hola, Teresa! ¡Cuanto tiempo! ¿Cómo estás?.- Gus vió mi rostro congestionado por la risa y añadió mirándola cauteloso.-¿Qué te ha pasado esta vez?-.
-Nada, le estoy contando a esta lo agobiada que estoy y mirala...-
-Ay, perdoname, sigue, sigue.-
-Bueno, pues como iba diciendo, allí estaba yo con mi cesta. Decidí que iba a ser una mujer moderna y que los del Alcampo me iba a llevar la compra a casa por mis cojones. Entonces ya me desaté, que si leche, que si una radio, que si tal y cual, pero sin carrito. La única opción logística que tenía era darle patadas a la caja de leche, mientras con una mano cogía la cesta y con la otra la caja de la radio y el bolso. Preciosa estampa. En ese momento me crucé con Pedro Duque. Os lo juro que era él. Y me miró con cara de pena. Le odié un poquito, pero poco porque tiene cara de bueno, y es guapo el jodío. El caso es que de esta guisa llegué a las cajas y me puse a hacer la cola. La cajera, encantadora y agotada la pobre, me pasó toda la compra y me dijo que faltaban seis euros para que me pudieran llevar la compra a casa. ¡¡Así tan tranquila!!, ¡¡en mi cara!!.-
Gusarapo la miró conteniendo la risa. Yo ya me reía agachada detrás de la barra desde hacía un rato, pero Teresa no me hizo ni caso. Una de las razones por las que las mujeres adoran a Gus es por eso, porque es un chico de lo más considerado.
- Sólo me quedaba utilizar mi táctica de rejuvencer unos añitos, hacerme la tonta y pedirle por favor por favor por favor te lo pido, que me anulara la compra y me dejara volver a por otra cosa para que me la pudieran llevar a casa. Le di pena y me dejó. A mi me dio pena ella, por el trabajo que le estaba dando, pero era una cuestión de supervivencia capitalista. Entré de nuevo, cogí un libro, y volví a hacer la cola. Pasamos todo, pagué, me lo metieron en cajas, y mañana me lo traen a casa. Fin de la historia. Bueno, mentira, la historia terminará cuando vaya a ver el saldo de mi cuenta y me ponga a llorar. Pero a lo hecho pecho, y si Bush decide que lo mejor va a ser una guerra mundial, o algo así de constructivo, yo tendré una despensa llenísima, para poder sobrevivir sin salir de casa, lo menos lo menos... dos días, que cuando me pongo nerviosa me da por comer.-