29.4.05

Caipirinha

Ingredientes:
5 cl. de cachaça (aguardiente brasileño), vodka o ron en su defecto
8 g. de azúcar moreno, blanquillo del Opencor en su defecto
50 g. de lima caribeña, limón en gajos en su defecto
Cubitos de hielo

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La caipirinha se prepara en vaso on the rocks bajo y ancho con la ayuda de una mano de mortero. Primero ponemos en el vaso una lima caribeña troceada y una cucharada de azúcar moreno. La machacamos con el mazo del mortero lo justo para exprimir todo el zumo de la lima. Llenamos el vaso de hielo picado, añadimos la bebida alcohólica -a la caipirinha con vodka se la conoce como caipiroshka, a la caipirinha con ron se la llama caipiríssima.-, batimos como si la vida nos fuera en ello y servimos con pajita curva o con sombrillita de mimbre. El Caribe en casa.

Feliz fin de semana.


28.4.05

Menos madera y más vitriolo

"Te quiero decir una última cosa".

Reconocí el contexto de la frase en cuanto intuí a la pareja sentada, cara a cara pero distantes, y reconocí al chaval que había montado aquel espectáculo el viernes anterior. A ella ya la conocía. Suspiré disgustado.

La frase podría haber sido rencor, furia, odio, pero no lo era... y eso me daba mala espina.

La voz que la pronunció era cristalina, calmada, educada, tranquila. Una voz femenina aguda, de niña madura, que decía frases enrevesadas sin el menor atisbo de soberbia aparente. Sincera. Con una seguridad en sí misma tan hiriente -y tan familiar- que casi me erizó el vello del dorso de las manos. Me tuve que detener junto a la barra y aguzar el oído.

"Para vengarte de mí me dijiste todo lo que pensabas. Cada rencor, cada error, cada rencilla. Cada cosa que decían de mí a mis espaldas. Cada defecto que veías en mí. Cada verdad que no necesitaba saber. Vomitaste tu ira y deformaste cada segundo de nuestra historia para arrebatarme cualquier buen recuerdo que pudiese tener de nosotros. Renegaste de todo, me mostraste tus mentiras, buscaste hacerme daño. Me dijiste que tus besos siempre habían sido huecos. Que nada había sido verdad.

"Yo no soy como tú, y por fin lo he comprendido. Aún así quiero devolverte tu favor. Pero para vengarme de tí, yo me voy a callar.

"Y tú sigue adelante. Tú, sigue...

Escasos veinte segundos despues la campanilla de la puerta tintineaba. La mesa tres quedó en silencio como los restos de un naufragio, como un bosque recien quemado. No tuve el valor de girarme para mirar y me limité a escapar a la seguridad de detrás de la barra. Me sentí aliviado.

Seis años despues y mi ex seguía dándome el mismo miedo cuando se ponía digna.


27.4.05

Él, que lo sabe todo

Desde luego que en este bar entra mucha gente. De toda clase y condición, y de todas las edades. Y supongo que será inevitable que los camareros tengamos algunos favoritos entre nuestros parroquianos. El mio se llama Emilio. Entra por la puerta todas las mañanas sobre las once, con ese caminar tambaleante que me provoca enseguida una inexplicable ternura. Le sonrío y siempre me devuelve la sonrisa, da igual el tiempo que haga, o cómo se encuentre ese día de salud. Me devuelve la sonrisa multiplicada por quince, una sonrisa que se encuentra a medio camino entre un "por aqui andamos, hija, cada día más viejos" y un "que alegría me da verte esta mañana, como todas las mañanas".

Emilio se sienta a esperar a sus amigos, otros cuatro viejos que se juntan en el bar para comentar las noticias del periodico durante un rato, para luego irse cada uno por su lado hasta la mañana siguiente. Emilio siempre llega antes que los demás, y a veces se viene a la barra a charlar conmigo. A veces la gente mayor es algo cargante, gente que habla mucho y que intenta transmitirte su sabiduría en un tiempo record, ya sea sobre la política nacional o sobre cómo deben colocarse los enchufes. Emilio no. Emilio siempre escucha, le gusta más escuchar que hablar. Emilio nunca da lecciones, ni a mi ni a sus amigos del café mañanero. No opina si yo no le pregunto, suele limitarse a mirarme, a asentir, a sonreírme. Así me transmite él todo lo que sabe, todo lo que ha aprendido, todo lo que es importante y lo que no. Así. Mirándome.


26.4.05

Vigilantes

Javier pasa las horas muertas en la barra de este bar, sentado indolentemente junto a Edgar, el del nombre raro y del que ya os hablaré algún día. Javier se afeita una vez cada tres días y se peina una vez cada cuatro, así que cada doce días está irreconocible. Javier a veces habla de plusvalías, y de cómo su jefe se las roba. De cómo, ya que trabaja por horas, es su obligación quitarle todas las horas posibles a su jefe. Su jefe, del que tanto habla, en realidad es una cadena de jefes, jefazos y jefecillos, desde el director general del grupo editorial hasta el conductor de su furgoneta, pero Javier prefiere ponerle una cara. Un día me dijo que se imaginaba que se llamaba Anselmo, que es un nombre de jefe de los de toda la vida, y que ya había conocido a Anselmo como dueño de nueve empresas diferentes. Don Anselmo.

Javier trabaja actualmente repartiendo la revista gratuíta que Anselmo ha decidido publicar para vengarse de la fallida demanda que realizó para quitar de en medio a esa otra revista gratuíta. A Javier no le da ninguna pena pasarse una hora diaria en mi barra mientras el resto de repartidores hacen las calles y cafeterías de la manzana. Despues, con una caña de más que casi siempre queda apuntada en su cuenta, sale corriendo y realiza lo que le queda de jornada laboral en unos escasos veinte minutos. Una hora arrebatada de las garras de Anselmo. Cuando le dijeron que los repartidores estaban muy vigilados Javier se echó a reir, o eso comentaba el otro día. A él con vigilantes.

Los vigilantes no se crearon para vigilar, dice siempre Javier. Los vigilantes se crearon para ser burlados.


25.4.05

Otra niña perdida

Ella miraba distraida por la ventana mientras meneaba la cucharilla en el café. Sus ojos seguían hipnotizados el camino de las gotas de lluvia por el cristal y su mente procesaba rápidamente lo que acababa de escuchar.
Mientras caminaba hacia el bar en el que ahora estaba sentada, a paso rápido, pensando en no se acuerda qué, se había cruzado con una pareja. Ni los hubiera visto, pero la chica le susurró a su compañero "mirala a esta, la pobre, que carita tan triste lleva". Esas palabras le llegaron a través del ruido de los coches, de la lluvia, de la gente, nítidamente. Cuando estupefacta, volvió la cabeza, los dos se perdían calle abajo entre la gente.
¿¿Cara triste yo?? ¡¡Pero si no estoy triste en absoluto!!
¿Será entonces que esta cara la traigo de serie? ¿Mi expresión es triste?

En un impulso volvió la cabeza y se fijó en la barra del bar. El camarero estaba solo, secando unos vasos y ojeando una revista. No había más clientes en el bar. Se levantó a pagar el café que se acababa de tomar y mirándolo a los ojos le preguntó "¿tu dirías que tengo la cara triste?" El camarero la miró sorprendido y le contestó "pues no se, no te conozco". "Ya", le murmuró ella, "por eso te lo pregunto, ¿tú crees que la expresión de mi cara es triste?". Él, observandola durante unos segundos le contestó resuelto "Tienes cara de haber perdido algo, cara de estar buscándolo". Ella abrió mucho los ojos, después le regaló una lenta sonrisa y se encaminó a la puerta. Antes de salir le dio las gracias.

En ese momento se cruzó con Octavia, que entraba por la puerta del bar. Al ver la cara de Gusarapo le miró con sonrisa socarrona "¿Qué te pasa?".
"Mmmmmhhhh... Juraría que he ligado...".

Las risas de Octavia le acompañaron hasta el almacén.


18.4.05

Subimos la persiana

Toda la vida hemos hablado de tener un bar, durante esas noches largas consumidas en tantos bares que no eran nuestros...

Asi que hemos decidido montarnos uno así, por escrito, principalmente porque no nos llega el dinero para pagar ni alquileres, ni sueldos, ni esos vasos que se van a romper una y otra vez.

Al menos como somos nuestros propios empresarios nos podemos permitir el lujo de trabajar en el horario que queramos, de tener en almacén las bebidas que nos venga en gana y de poner un número infinito de mesas. Y como además siempre hemos sido de zapatilla más que de zapato, ni siquiera nos reservamos el derecho de admision.

Hemos decidido divertirnos, probarnos, y seguir divirtiéndonos. Coge una silla y ¡pon de beber!